Blog personal de Alejandro Castroguer

En este blog podrás estar al tanto de las noticias que generen las novelas "GLENN" (Premio Jaén de Novela 2015), "LA GUERRA DE LA DOBLE MUERTE", "EL ÚLTIMO REFUGIO", "EL MANANTIAL" y "HOLMES Y EL CASO DE LOS OCHO ESTÓMAGOS", y las antologías "Vintage'62: Marilyn y otros monstruos" y "Vintage'63: J.F.K. y otros monstruos" entre otras. Además, es lugar de encuentro para amantes del cine, la literatura, la buena música y las aventuras del Rey Mono.

Mostrando entradas con la etiqueta Colaboraciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colaboraciones. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de julio de 2018

Janet cuello torcido


Entrada publicada en el desaparecido blog de La Octava Noche el 31.XII.2009.

Extraído de Wikipeda: Robert Louis Stevenson (Edimburgo, Escocia, 13 de noviembre de 1850 – Upolu, Samoa, 3 de diciembre de 1894). Es autor de algunas de las historias fantásticas y de aventuras más populares como La isla del tesoro, El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde o La flecha negra adaptadas para niños y llevadas varias veces al cine en el siglo XX. Fue importante también su obra ensayística, breve pero decisiva en lo que se refiere a la estructura de la moderna novela de peripecias. Fue muy apreciado en su tiempo y siguió siéndolo después de su muerte. Considerado el escritor en inglés mas clásico, tuvo continuidad en autores como Joseph Conrad, Graham Greene, G. K. Chesterton, H. G. Wells, y en los argentinos Bioy Casares y Jorge Luis Borges.


Traigo hoy esta colaboración (forzosa) de un grandísimo autor como Stevenson. Hablo de su cuento "Janet, cuello torcido" (en otras versiones, "Janet la torcida" o "Janet la contrahecha"). Es ésta una de sus historias cortas más famosas, escrita en Escocia un año después de su regreso de América y publicada en la Cornhill Magazine en octubre de 1881.

La encontraréis en estas dos ediciones, "Las desventuras de John Nicholson", de R.L.Stevenson / Littera Books S.L, y en "Historias escocesas", de R.L.Stevenson / Valdemar Avatares

Aquí el relato completo. Espero que lo disfrutéis.

Janet, cuello torcido
Robert Louis Stevenson

El reverendo Murdoch Soulis fue durante mucho tiempo pastor de la parroquia del páramo de Balweary, en el valle de Dule. Anciano severo y de rostro sombrío para sus feligreses, vivió durante los últimos años de su vida sin familia ni criado ni compañía humana alguna, en la modesta y solitaria casa parroquial situada bajo el Hanging Shazv, un pequeño bosque de sauces. A pesar de lo férreo de sus facciones, sus ojos eran salvajes, asustadizos e inciertos. Y cuando en una amonestación privada se explayaba largamente sobre el futuro del impenitente, parecía que su visión atravesara las tormentas del tiempo hasta los terrores de la eternidad. Muchos jóvenes que venían a prepararse para la ceremonia de la Primera Comunión quedaban terriblemente afectados por sus palabras. Tenía un sermón sobre los versículos 1 y 8 de Pedro, «El diablo como un león rugiente», para el domingo después de cada diecisiete de agosto, y solía superarse sobre aquel texto, tanto por la naturaleza espantosa del tema como por el terror que infundía su comportamiento en el púlpito. Los niños estaban aterrorizados hasta el punto de sufrir ataques de histeria, y la gente mayor parecía más misteriosa de lo normal y repetía durante todo el día aquellas insinuaciones de las que Hamlet se lamentaba.
La misma casa parroquial, ubicada cerca del río Dule entre árboles gruesos, con el Shazv colgando sobre ella en un lado y, en el otro, numerosos páramos fríos que se elevaban hacia el cielo, había comenzado —ya muy al inicio del ministerio del señor Soulis— a ser evitada en las horas del anochecer por todos aquellos que se valoraban a sí mismos por su prudencia; y los hombres respetables que se sentaban en la taberna de la aldea movían la cabeza a la vez ante la sola idea de acercarse de noche a aquel tenebroso vecindario. Había un lugar, para ser más concretos, que se evitaba con especial temor. La casa parroquial estaba situada entre la carretera y el río Dule, con un aguilón dando a cada lado; la parte de atrás de la casa daba a la aldea de Balweary, situada a casi media milla de distancia; delante de la casa, un jardín seco rodeado de un seto de espinos ocupaba el terreno entre el río y la carretera. La casa era de dos plantas con dos habitaciones grandes en cada una. La entrada no daba directamente al jardín, sino a un paseo que llevaba a la carretera por un lado y que por el otro quedaba cerrado por los altos sauces y saúcos que bordeaban el arroyo. Era este trecho de la calzada el que gozaba de tan nefasta reputación entre los parroquianos más jóvenes de Balweary. El reverendo paseaba por allí a menudo al anochecer, a veces gimiendo en voz alta por la fuerza de sus oraciones inarticuladas.
Cuando estaba fuera de casa y la puerta cerrada con llave, los escolares más atrevidos se lanzaban —con el corazón latiéndoles a pleno ritmo— a jugar a «seguir al jefe» y cruzar aquel punto legendario. Este ambiente de terror que rodeaba a un hombre de Dios de carácter y ortodoxia intachables era causa de común asombro y tema de curiosidad entre los pocos forasteros que se adentraban, por casualidad o por negocios, hasta aquel desconocido y alejado paraje. Pero mucha de la gente, incluso de la parroquia, ignoraba los acontecimientos que habían marcado el primer año de ministerio del señor Soulis. Incluso entre los que estaban mejor informados, unos no querían decir nada —por ser de naturaleza reservada— y otros temían hablar sobre aquel asunto en particular. De vez en cuando alguno de los mayores, envalentonado por su tercer trago, recordaba el origen de las extrañas miradas y la vida solitaria del reverendo.
Cincuenta años atrás, cuando el señor Soulis llegó por primera vez a Balweary, aún era un hombre joven —un mozo, decía la gente— lleno de sabiduría académica y muy grandilocuente, pero, como era natural en un hombre de su edad, tenía poca experiencia de la vida en lo referente a la religión. Los más jóvenes estaban muy impresionados por su talento y su facilidad de palabra; pero los hombres y las mujeres mayores —preocupados y serios— se conmovieron hasta el punto de rezar por el joven, al que consideraban un iluso, y por la parroquia, que seguramente estaría mal atendida. Era antes de los días de los moderados… malditos sean; pero las cosas malas son como las buenas: ambas vienen poco a poco y en pequeñas cantidades. Incluso entonces había gente que decía que el Señor había abandonado a los profesores de la universidad a sus propios recursos y que los jóvenes que fueron a estudiar con ellos habrían salido ganando sentados en una turbera, como sus antepasados durante la persecución, con una Biblia bajo el brazo y un espíritu de oración en el corazón. No cabía duda alguna de que el señor Soulis había estado en la universidad demasiado tiempo. Era meticuloso y se preocupaba por muchas cosas, salvo por la más importante. Tenía una gran cantidad de libros —más de los que se habían visto jamás en todo aquel presbiterio—, y harto trabajo le costó al porteador, porque estuvieron a punto de ahogarse en el Pantano del Diablo, situado entre su destino y Kilmackerlie. Eran libros de teología, sin duda, o así los llamaban. Pero la gente seria era de la opinión de que no hacía falta tantos, sobre todo cuando toda la Palabra de Dios en su conjunto cabría en la punta de una manta escocesa. Además, el reverendo se pasaba la mitad del día y la mitad de la noche sentado, escribiendo nada menos, lo cual era poco decente. Al principio temían que leyera sus sermones; después resultó que estaba escribiendo un libro, lo que con toda seguridad no era conveniente para alguien tan joven y con escasa experiencia.
De todas formas, le convenía conseguir una mujer mayor y decente que cuidara de la casa parroquial y que se encargara de sus espartanas comidas. Le recomendaron a una vieja de mala reputación —Janet M’Clour, la llamaban— y le dejaron obrar por su cuenta hasta que se convenció por sí mismo. Muchos le aconsejaron lo contrario, porque la buena gente de Balweary tenía más que sospechas de Janet. Tiempo atrás había tenido un hijo con un soldado y se había apartado de la sociedad durante casi treinta años. Los niños la habían visto hablando sola en Key’s Loan al atardecer, un lugar y una hora extraños para una mujer temerosa del Señor. Sin embargo, fue un terrateniente quien recomendó a Janet desde un principio y, en aquellos días, el reverendo habría hecho cualquier cosa para complacer al terrateniente. Cuando la gente le comentó que Janet estaba poseída por el demonio, le pareció un rumor sin fundamento; cuando le citaron la Biblia y la bruja de Endor, trató de convencerles enfáticamente de que aquellos días ya no existían y de que el demonio estaba misericordiosamente comedido.
Bien, cuando se supo en la aldea que Janet M’Clour iba a entrar a servir en la casa del párroco la gente se enfadó mucho con ambos. Algunas de aquellas buenas señoras no tenían nada mejor que hacer que reunirse a la puerta de su casa y acusarla de todo lo que sabían de ella, desde el hijo del soldado hasta las dos vacas de John Tamson. Ella no era una mujer muy elocuente; normalmente la gente le dejaba hacer su vida y ella hacía lo mismo, sin intercambiar ni buenas tardes ni buenos días, pero cuando se enfadaba tenía una lengua como para dejar sordo al molinero; cuando empezaba no había un viejo chisme que, aquel día, no hiciera saltar a alguien; no podían decir nada sin que ella les respondiera dos veces. Hasta que, al final, las amas de casa la cogieron, le rasgaron la ropa y la arrastraron desde la aldea hasta las aguas del río Dule, para comprobar si era bruja o no; total, o nadaba o se ahogaba. La vieja gritó tanto que se la oyó en el Hangirí Shaw y luchó como diez. Muchas señoras llevaban cardenales al día siguiente y durante muchos días después; y justo en el momento más violento del altercado, ¡quién apareció sino el nuevo reverendo!
—Mujeres —dijo él, que tenía una voz magnífica—, en nombre de Dios les ordeno que la suelten.
Janet corrió hacia él —estaba realmente aterrorizada—, se le abrazó y le rogó en nombre de Dios que la salvara de las chismosas; ellas, por su parte, le dijeron todo lo que sabían de ella y quizá más de lo que sabían.
—Mujer —le dijo a Janet—, ¿es eso verdad?
—Pongo a Dios por testigo —dijo ella— y como me hizo Dios que no es verdad ni una palabra. Aparte del hijo —dijo ella—, he sido una mujer decente toda mi vida.
—¿Renuncias —dijo el señor Soulis—, en nombre de Dios y ante mí, su indigno pastor, renuncias al diablo y a sus obras?
Bueno, parece ser que cuando preguntó eso ella sonrió de una forma que aterrorizó a quienes la vieron, y oyeron tamborilear los dientes en su boca. Pero no había más que una salida, y Janet levantó la mano y renunció al diablo delante de todos.
—Y ahora —dijo el señor Soulis a las señoras—, vayan a sus casas y pidan perdón a Dios.
Le dio el brazo a Janet, que llevaba encima poco más de una combinación, y la acompañó por la aldea hasta la puerta de su casa como a una gran señora. Los gritos y las risas de Janet eran escandalosos. Aquella noche mucha gente seria alargó sus oraciones más de lo normal; pero al amanecer se difundió tal miedo sobre todo Balweary que los niños se escondieron e incluso los hombres permanecieron en casa y, como mucho, se asomaban a la puerta.
Janet venía bajando por la aldea —ella o alguien que se le parecía, nadie podría decirlo con certeza— con el cuello torcido y la cabeza colgándole a un lado, como un cuerpo que ha sido ahorcado, y una sonrisa en el rostro como la de un cadáver sin enterrar. Poco a poco, se fueron acostumbrando e incluso le preguntaban burlonamente qué le pasaba; pero desde aquel día en adelante no pudo hablar como una mujer cristiana, sino que balbuceaba y castañeaba los dientes como si de unas podaderas se tratara. Desde aquel día el nombre de Dios jamás volvió a pasar por sus labios. A veces intentaba pronunciarlo, pero no lo conseguía. Los más listos no lo comentaban, pero jamás volvieron a llamar a esa «cosa» por el nombre de Janet M’Clour, pues para ellos la vieja ya estaba en el infierno desde ese día. No obstante, no había nada que detuviera al reverendo, que no hacía otra cosa que sermonear acerca de la crueldad de la gente que le había provocado una apoplejía, y pegaba a los niños que la molestaban. Aquella misma noche la invitó a su casa y permaneció allí a solas con ella bajo el Hanging Shaw.
Bien, el tiempo pasó. Los más indolentes empezaron a pensar menos en aquel negro asunto. El reverendo estaba bien considerado; siempre hacía tarde escribiendo. La gente veía su vela cerca del agua del río Dule después de las doce de la noche. Parecía tan satisfecho de sí mismo y tan arrogante como al principio, aunque cualquiera podía ver que estaba consumiéndose. En cuanto a Janet, ella iba y venía; si antes hablaba poco, lo razonable era que ahora hablara menos. No molestaba a nadie; tenía un aspecto horripilante y nadie discutía con ella sobre el trozo de tierra que se regalaba, según la costumbre, al reverendo de Balweary, además de su paga mensual.
A finales de julio hizo un tiempo tan malo como jamás se había visto por esas tierras; había una calma calurosa, despiadada. El ganado no podía subir a Black Hill a pastar; los niños estaban demasiado cansados para jugar. A la vez, estaba tormentoso, con ráfagas de viento caliente que retumbaban en los valles y escasas lluvias que apenas mojaban la tierra. Todos pensábamos que caería una tormenta por la mañana; pero llegaba la mañana y la siguiente y continuaba el mismo tiempo amenazante, duro para el hombre y las bestias. Por si eso fuera poco, nadie sufría tanto como el señor Soulis. No podía ni dormir ni comer y se lo comentó a sus superiores. Cuando no estaba escribiendo su interminable libro, vagabundeaba por el campo como un hombre obsesionado; otro en su lugar estaría feliz de permanecer fresco dentro de casa.
Encima del Hanging Shaw, en el refugio de Black Hill, hay una parcela de tierra vallada con una puerta de hierro. Al parecer, en los viejos tiempos fue el cementerio de Balweary, consagrado por los papistas antes de que se hiciera la luz bendita sobre el reino. Sea como fuere, era uno de los sitios preferidos del señor Soulis. Allí se sentaba y meditaba sus sermones; realmente era un sitio protegido. Bien; un día, cuando subía la colina de Black Hill por el lado oeste, vio primero dos, luego cuatro y finalmente siete cornejas negras volando en círculos sobre el viejo cementerio.
Volaban bajo, pesadamente, chillándose las unas a las otras. Al señor Soulis le pareció claro que algo las había apartado de su rutina cotidiana. No se asustaba fácilmente; se acercó directamente a las ruinas y qué se encontró allí sino a un hombre, o la apariencia de un hombre, sentado dentro del cementerio sobre una sepultura. Era de una estatura enorme, negro como el infierno, y sus ojos eran singulares. El señor Soulis había oído hablar de hombres negros muchas veces, pero en este había algo extraño que le intimidaba. Pese al calor que tenía, sintió una sensación de frío hasta el tuétano de los huesos, pero a pesar de todo se lanzó y le preguntó: «Amigo, ¿es usted forastero?» El hombre negro no contestó ni una palabra; se puso de pie y empezó a caminar torpemente hacia la pared del otro lado, pero siempre mirando al reverendo. Este aguantó la mirada hasta que, de pronto, el hombre negro saltó la tapia y corrió al abrigo de los árboles. El señor Soulis, sin saber bien por qué, corrió detrás de él, pero se encontraba muy fatigado después del paseo a causa del tiempo caluroso y poco saludable. Por mucho que corrió, no consiguió más que un vistazo del hombre negro al cruzar el pequeño bosque de abedules, hasta que llegó al pie de la colina; allí le vio otra vez saltando rápidamente sobre las aguas del río Dule en dirección a la casa parroquial.
Al señor Soulis no le complacía mucho que este espantoso vagabundo se tomara tanta libertad con la casa parroquial de Balweary. Corrió más deprisa y, mojándose los zapatos, cruzó el arroyo y se acercó por el camino; pero no había ni sombra del hombre negro por allí. Salió al camino, pero no encontró a nadie. Buscó por todo el jardín, pero no apareció. Al final, y con un poco de miedo, como era natural, levantó el pasador y entró en la casa. Allí se encontró con Janet M’Clour delante de sus ojos, con su cuello torcido y no muy contenta de verle. En ese instante, recordó que cuando la vio por primera vez sintió la misma escalofriante sensación de terror.
—Janet —dijo—, ¿has visto a un hombre negro?
—¡Un hombre negro! —dijo ella— ¡Sálvanos a todos! Usted no se entera, reverendo. No hay ningún hombre negro en todo Balweary.
Pero ella no hablaba claramente, debe entenderse, sino que balbuceaba como un poni con el freno de la brida en la boca.
—Bueno —dijo él—. Janet, si no hay ningún hombre negro yo he hablado con el inquisidor de la Hermandad.
Y se sentó como alguien que tiene fiebre, y los dientes le castañearon en la boca.
—Caray —dijo ella—, debería darle vergüenza, reverendo —dijo dándole un poco de coñac que tenía siempre a mano.
Entonces el señor Soulis entró en su estudio, rodeado de todos sus libros. Era una habitación larga, baja y oscura, mortíferamente fría en invierno y no especialmente seca ni en la época más calurosa del verano, porque la casa está situada cerca del arroyo. Se sentó y pensó en todo lo que le había ocurrido desde su llegada a Balweary; y en su hogar, y en los días en que era un crío y correteaba alegremente por las colinas; y aquel hombre negro corría por su cabeza como el estribillo de una canción. Cuanto más pensaba más lo hacía en el hombre negro. Intentó rezar, pero las palabras no le venían; dicen que intentó escribir en su libro, pero tampoco lo consiguió. Había momentos en los que pensaba que el hombre negro estaba a su lado y un sudor frío le cubría como el agua recién sacada del pozo; en otros momentos, volvía en sí como un bebé recién bautizado y no pensaba en nada.
Como resultado, se fue a la ventana y miró con enfado el agua del río Dule. En la proximidad de la casa los árboles son muy espesos y el agua profunda y negra; allí estaba Janet, lavando la ropa con las enaguas remangadas; estaba de espaldas, y el reverendo, por su parte, apenas sabía lo que miraba. De pronto ella se dio la vuelta y le mostró el rostro. El señor Soulis sintió la misma sensación de terror que había sentido dos veces aquel mismo día y se acordó de lo que decía la gente: que Janet estaba muerta hacía tiempo y lo que veía era un fantasma de barro frío. Se apartó un poco y la miró detenidamente. Ella pisaba la ropa canturreando para sí misma; ¡caramba!, que Dios nos libre, la suya era una cara espantosa. A veces ella cantaba más fuerte, pero no había hombre ni mujer que pudiera entender la letra de su canción. A veces miraba hacia abajo con la cabeza torcida, pero donde ella miraba no había nada. Una sensación escalofriante recorrió el cuerpo del reverendo; fue un aviso del Cielo. El señor Soulis se culpó a sí mismo por pensar tan mal de una pobre mujer, vieja y afligida, sin amigos salvo él.
Entonó una corta oración por ambos, bebió un poco de agua fresca —porque el corazón le saltaba en el pecho— y, al atardecer, se fue a la cama.
Aquella fue una noche que jamás se olvidará en Balweary, la noche del diecisiete de agosto de 1712. Antes había hecho calor, como he dicho, pero aquella noche hizo más calor que nunca. El sol se puso entre nubes muy extrañas; oscureció como un pozo; ni una estrella ni una gota de aire. Uno no podía verse ni la mano delante de la cara, e incluso los más ancianos se quitaron las sábanas y jadeaban tratando de respirar. Con todo lo que tenía en la cabeza, era muy improbable que el señor Soulis consiguiera dormir mucho.
Daba vueltas en la cama, limpia y fresca cuando se acostó pero que ahora le quemaba hasta los huesos. A ratos dormía y a ratos se despertaba; unas veces oía al reloj dar las horas durante la noche y otras, a un perro aullar en el páramo como si hubiera muerto alguien; a veces le parecía oír fantasmas chismorreando en su oído y otras veía lucecillas en la habitación. Pensó, creyó estar enfermo; y enfermo estaba, pero… poco sospechaba de qué enfermedad.
Al final, se le despejó la cabeza, se sentó al borde de la cama en camisón y volvió a pensar en el hombre negro y en Janet. No sabía bien cómo —quizá por el frío que sentía en los pies—, pero se le ocurrió de repente que había una cierta conexión entre ellos y que uno de los dos o ambos eran fantasmas. Justo en aquel momento, en la habitación de Janet, que estaba al lado de la suya, se oyó un ruido de pisadas como si hubiese algunos hombres luchando, y a continuación, un golpe fuerte. Un remolino de viento se deslizó estrepitosamente por las cuatro esquinas de la casa; después todo volvió a estar silencioso como una tumba.
El señor Soulis no temía ni al hombre ni al diablo. Cogió las yescas y encendió una vela, avanzando tres pasos hacia la puerta de Janet. Estaba cerrada, la abrió de un empujón e inspeccionó la habitación atrevidamente. Era una habitación amplia, tan amplia como la del reverendo, amueblada con muebles grandes, viejos y sólidos, porque no tenía otra cosa. Había una cama de cuatro postes con colgantes viejos, un estupendo armario de roble lleno de libros de teología del reverendo que se habían puesto allí por falta de espacio y unas cuantas prendas de Janet esparcidas aquí y allá por el suelo. Pero el reverendo Soulis no vio a Janet, y tampoco había señal alguna de forcejeo. Entró —pocos le habrían seguido—, miró a su alrededor y escuchó. Pero no oyó nada, ni dentro de la casa ni en toda la parroquia de Balweary; tampoco se veía nada salvo las grandes sombras que giraban alrededor de la vela. De golpe, el corazón del reverendo latió rápidamente y se quedó paralizado; un viento frío revoloteó por sus cabellos. ¡Qué visión más deprimente para los ojos del pobre hombre! Vio a Janet colgada de un clavo al lado del viejo armario de roble; la cabeza aún reposaba sobre el hombro, tenía los ojos cerrados, la lengua le salía por la boca y los zapatos se encontraban a una altura de dos pies sobre el suelo.
«¡Que Dios nos perdone a todos!», pensó el señor Soulis, « la pobre Janet está muerta.»
Dio un paso hacia el cuerpo y entonces el corazón le saltó de nuevo en el pecho. Qué hechizo haría pensar a un hombre que Janet podía estar colgada de un solo clavo y por un solo hilo de estambre de los que sirven para remendar medias. Era horrible estar solo por la noche con tales prodigios en la oscuridad, pero la fe del reverendo Soulis en el Señor era profunda. Dio la vuelta y salió de aquella habitación cerrando la puerta con llave tras él. Paso a paso, bajó las escaleras pesadamente, como el plomo, y puso la vela sobre la mesa que había al pie de la escalera. No podía rezar, no podía pensar, estaba empapado en un sudor frío y no oía nada salvo el pálpito de su propio corazón. Es posible que permaneciera allí una hora o quizá dos, no se dio cuenta, cuando, de pronto, escuchó una risa, una conmoción extraña arriba. Se oían pasos ir y venir por la habitación donde estaba el cuerpo colgado; entonces la puerta se abrió, aunque él recordaba claramente que la había cerrado con llave. Después sintió pisadas en el rellano y le pareció ver el cuerpo asomado a la barandilla mirando hacia abajo, donde él se encontraba.
Cogió la vela de nuevo (porque no podía prescindir de la luz) y, tan sigilosamente como pudo, salió directamente de la casa y fue hasta la otra punta del sendero. Aún estaba completamente oscuro; la llama de la vela ardía tranquila y transparente como en una habitación cuando la puso sobre la tierra; nada se movía salvo el agua del río Dule, susurrando y murmurando valle abajo, y aquellos atroces pasos que bajaban lentamente por las escaleras dentro de la casa. Él conocía los pasos perfectamente: eran de Janet, y, con cada paso que se le acercaba poco a poco, el frío aumentaba en sus entrañas.
Encomendó su alma al Creador: «Oh, Señor» —dijo—, «dame fuerza para luchar esta noche contra el poder del mal.»
Para entonces los pasos avanzaban por el pasillo hacia la puerta. Podía oír la mano que rozaba la pared con sumo cuidado, como si la «cosa» espantosa palpara el camino. Los sauces se sacudían y gemían al unísono, y un largo susurro del viento atravesó las colinas; la llama de la vela bailaba. Y apareció el cuerpo de Janet «la torcida», con su vestido de lana y su capucha negra, con la cabeza colgando sobre el hombro y una mueca todavía visible en el rostro —viva, se podría decir… muerta, como bien sabía el reverendo Soulis—, en el umbral de la casa.
Es extraño que el alma del hombre dependa tanto de su perecedero cuerpo, pero el reverendo se dio cuenta y su corazón aguantó. Ella no permaneció allí mucho tiempo; empezó a moverse otra vez y se acercó lentamente hacia el señor Soulis, que se encontraba de pie bajo los sauces. Toda la vida corporal de él, toda la fuerza de su espíritu irradiaba en sus ojos. Pareció que ella iba a hablar, pero le faltaron palabras e hizo una señal con la mano izquierda. Hubo un golpe de viento como el siseo de un gato, la vela se apagó, los sauces chillaron como si fueran personas y el señor Soulis supo que, vivo o muerto, aquello era el final.
—¡Bruja, diablo! —gritó—, te ordeno en nombre de Dios que te vayas a la tumba si estás muerta o al Infierno si estás condenada.
Y en aquel instante la mano de Dios, desde el Cielo, fulminó a la «cosa» allí mismo. El cuerpo viejo, muerto y profanado de la mujer bruja, tanto tiempo apartado de la tumba y manipulado por los demonios, ardió como un fuego de azufre y se desmoronó en cenizas sobre el suelo; a continuación empezaron los truenos, más fuertes cada vez, seguidos por el estruendo de la lluvia. El reverendo Soulis saltó por encima del seto del jardín y corrió dando gritos hacia la aldea.
Aquella misma mañana, John Christie vio al Hombre Negro pasar el Gran Mojón cuando daban las seis de la mañana; antes de las ocho pasó por la posada de Knockdoiv; poco después, Sandy M’Llellan le vio cruzando los oteros de Kilmackerlie rápidamente. No hay ninguna duda de que él fue quien ocupó el cuerpo de Janet durante tanto tiempo; pero, por fin, se había marchado. Desde entonces, el diablo jamás ha vuelto a molestarnos en Balweary.
Sin embargo, fue un penoso honor para el reverendo; permaneció delirando en la cama durante mucho tiempo. Desde aquel día hasta hoy, no ha vuelto a ser el mismo.

miércoles, 18 de enero de 2017

Instantes estelares, de Bermúdez Castillo

Hoy me complace anunciar la colaboración de un nombre con peso específico en el fandom de la ciencia ficcón, PacoMan. Será él quien firme dos reseñas de sendas obras de Bermúdez Castillo. Contacté con él vía Facebook a tal fin, para que me permitiese subirlas al blog y así ir completando, poco a poco, los artículos dedicados a la práctica totalidad de las obras publicadas por el maestro de "Mano de Galaxia". 
Que sea, pues, nuestro improvisado colaborador quien se explique. 

Entradilla a las reseñas de dos libros de Gabriel Bermúdez Castillo, por PacoMan:

Estas dos reseñas corresponden con las dos únicas obras publicadas en los noventas por el autor gracias al editor Paco Arrellano en la Editorial Miraguano. Hablo de la novela "Salud Mortal" (1993) y de la antología "Instantes Estelares" (1994). Bermúdez estaba muy bien considerado por el fandom del momento, incluso se dejó ver por la Hispacon de Burjasot de 1994. En el primer lustro de los noventas existían gran cantidad de sus obras disponibles en las librerías o bien porque se editaron o se reeditaron en el segundo lustro de los ochenta. Así novelas nuevas como "Golconda" (1987, Acervo), "El hombre estrella" (1988, Ultramar) y las dos obras reeditadas en 1986 por Orbis en su imprescindible colección en rustica azul, Biblioteca de Ciencia Ficción: "Viaje a un planeta Wu-Wei" (1976) y "El Señor de la Rueda" (1978).
El maestro no volvió a ser editado (ni reeditado) hasta 2001, cuando Juanjo Aroz en su longeva y constante Espiral Ciencia Ficción, le publicó "Demonios en el cielo". Me aventuraría a afirmar que los primeros noventas fueron el momento de mayor fama del Maestro, salvando el reciente resurgimiento de la mano, de nuevo, de Paco Arrellano en La Biblioteca del Laberinto, pero eso es otra historia que merece ser contada en otro momento.
En Octubre de 1994 se publica la reseña sobre "Salud mortal" en el fanzine Cygnus en su volumen noveno, faneditado por Ricardo Oyón (ganador del Domingo Santos de 1994). En Junio de 1998 se publica la reseña sobre "Instantes Estelares" en el número 13 del efanzine Ad Astra. Los efanzines se distribuían por correo postal en un diskette de tres y medio… aún quedaba lejos internet. Ad Astra lo editaba mi amigo Armando Boix; escritor, ilustrador y gran conocedor de la cultura popular.
A finales de los noventas pretendía realizar un ensayo sobre la obra de Bermúdez, pero la desidia y una tesis doctoral en Teoría Económica (Macroeconomía con Teoría de Juegos) que nunca llegó a buen puerto, me lo impidieron. Esto última explica el excesivo economicismo de la reseña que espero sepan perdonar.

- - - - - 
Vayamos ahora con la reseña que en su día escribiese PacoMan sobre "Salud mortal".


Título: Instantes estelares
Autor: Gabriel Bermúdez Castillo
Año: 1994 
Páginas: 271
Editorial: Miraguano Ediciones

Sinopsis: Este libro es una recopilación de novelas cortas, escritas entre los años 1991 y 1992, en las que siguen presentándose las constantes vitales del autor: el suspense, lo inesperado, la sensualidad y la intensidad descriptiva. "Duerme, querido monstruo", recoge realmente un problema personal, el de un hombre bueno, amable y casi indefenso que guarda dentro de sí un secreto que roza lo terrible. En "Un mundo dura mil años" se plantea el problema del éxodo masivo de un mundo a otro; en "Mundo sin dioses", la generosa transformación de una civilización sumida en las tinieblas de la edad salvaje a una forma de vida culta, progresista y civilizada, y ello por obra de personas capaces de sacrificar su salud e incluso su vida por conseguirlo. 

Bermúdez Castillo

La última recopilación de cuentos de Gabriel Bermúdez Castillo se titula Instantes Estelares, se públicó en 1994 por le editorial Miraguano en la colección Futurópolis con el número 36. En esta misma colección Bermúdez publicó su premiada Salud Mortal [Premio Ignotus 1994 a la mejor novela nacional. En el fanzine Cygnus nº 9, (Septiembre Octubre 1994), se publicó una reseña de esta novela que tuve el placer de firmar]. Y la referencia no es gratuita, ya que los textos que ahora se comentan fueron escritos antes que la novela (aunque se publicaron después que ésta) e introducen los temas y ambientes donde más tarde se desarrollará.   
    Tres son los textos que integran esta recopiliación: la novela corta Duerme, Querido Monstruo, que quedó finalista en el Premio UPC de 1991. El cuento Un Mundo Dura mil años que quedó segundo en el III certamen literario Alberto Magno, organizado por la universidad del País Vasco, y la novela corta Mundo sin dioses.
    Los escritos aquí recogidos comparten las mismas características definitorias de la obra de Bermúdez: unos argumentos que permiten leerse a varios niveles, sus textos están tratados con un sencillo, pero cuidadoso, lenguaje, sus argumentos se desarrollan hasta desencadenar un final sorpresa, que el lector no ha preveido, a pesar que el autor ha ido sembrando la narración de las pistas adecuadas. Además, comparten todos esos pequeños detalles del futuro que hacen reconocibles inmediatamente las obras del autor.

   
Duerme, Querido Monstruo

Esta novela corta es una bonita historia de amor. Para ello hace una relectura del mito: chico encuentra chica, chica se va y él la busca, pero en esta ocasión está más cerca del mito infantil de Cenicienta, que de otros acercamientos supuestamente más serios. El nudo es un viaje iniciático del personaje masculino que mientras busca a la chica, le permite conocer la sociedad futura que plantea Bermúdez. De paso el chico madura y descubre su verdadero yo escondido. Como no podía ser menos, las críticas a la sociedad actual son continuas, pero con inteligente introducción y tratamiento, adornando más que estorbando la narración. En el desenlace escoge una estructura fantástica; reinos de pobres, revueltas románticas y reencuentro de los personajes, dejando de lado la tradicional credibilidad de sus obras.
    Creo que sería un error catalogar esta obra dentro de la temática propia de Dr. Jekyll Mr. Hyde pues la aparición de ciertos elementos que podrían llevar al error, no juegan un papel relevante en la propia historia, encuadrándose en la parte de intriga que toda obra de Bermúdez posee, y asegurarse así el interés del lector.
    El autor ha escogido su tradicional esquema de dos sociedades: la proyección futura de la nuestra y una sociedad utópica. En esta ocasión no será la sociedad utópica construída sobre unos deformados vicios actuales; si no que será un individuo, extraído de ésta, el que descubre directamente en la sociedad futura, la proyección de los elementos satirizados.
    Es de resaltar el continuo uso del recurso económico en la construcción de sociedades tanto futuras como utópicas. Sitúa un bien escaso sobre el cual se plantea la organización de la sociedad. Esta organización suele chocar al lector, pero en la base de cualquier organización económica siempre subyace un recurso más escaso o caro (aunque sea artificialmente), que ejerce de cuello de botella para el crecimiento continuado de la producción. El lector, inmerso en la cotidianidad, está imposibilitado de tomar consciencia de esa realidad y le pasa desapercibida.
    También merece destacarse la gran capacidad de sugerencia que el autor consigue en las escenas más hedonistas, así las relaciones sexuales son vividamente descritas, y la descripción de los manjares es tan rica y suculenta que inician la salivación del lector.
    En el aspecto crítico de la narración se apuntan interesantes ideas sobre el poder médico que se desarrollaran posteriormente en Salud Mortal, pero en esta entrega repasa nuestra anquilosada justicia. Las fobias personales ante los profesionales de cuya actuación no podemos defendernos se plasma con especial éxito, llegando a acongojar al lector. Como botón de muestra sirva esta cita de la página 66:
Mire; de todos es conocido el retraso de la justicia. Los asuntos tardan decenas de años en sentenciarse; por eso, nosotros los letrados, donde ganamos dinero es en el despacho, evitando que las cosas lleguen a pleito, porque entonces... En lo penal pasa algo parecido; di tienes dinero, pones una fianza y olvídate del asunto; si no lo tienes, vas a una maldita cárcel preventiva de estas que nuestro siglo XXII ha inventado...

    Toda la obra de Bermúdez, y en particular este cuento, es una continua exorcizanción de los miedos del español de clase media: mal funcionamiento de los servicios públicos y personales, el alto coste de la energía tanto eléctrica como de combustibles, el terror a la indefensión de los ciudadanos normales frente a la medicina y a la justicia, las dificultades que nuestros servicios de comunicación; telefónica y correos, y perder el empleo. Pero también refleja la exquisitez y devoción ante los pequeños placeres mundanos que un burgués se puede costear; la buena comida y el buen vestir, o las ansias de asegurar su futuro como funcionario.
    La obra es española y no porque se desarrolle en Madrid, si no porque lo se crítica es estrictamente español, nuestra justicia que no ha sabido adaptarse a un sistema democrático, el absurdo poder que detentan los pequeños funcionarios y los encargados de los servicios públicos o parapúblicos, la corrupción ... Pero además existe un efímero personje, Juanito, que sólo puede salir de la pluma de un español; el picaro.
    Bermúdez ataca sin piedad, dos de los mitos de las democracias: la sanidad para todos y la igualdad ante la justicia; siendo corrosivo y destructor. Sólo falta que escriba un contundente ataque al sistema democrático...


Un mundo dura mil años

En este cuento Bermúdez ensaya es una crítica al consumismo desmedido e inconsciente. Para ello nos revela la importancia de los medios de comunicación en la formación de necesidades en los individuos, tanto a través de la publicidad, como en la definición de la 'modernidad' y el buen gusto. La vocación ecologista del relato, aunque velada, aparece en su más cruda realidad cuando el personaje madura en sus opiniones y ve el universo tal y como lo observan los líderes, que deciden el devenir sobre él.
    Cristian Gillespi, el protagonista (siempre son hombres los protagonistas de Bermúdez), es un compendio entre fútil, engreído y egoísta. Reseñable es la semejanza de este protagonista con el de Salud Mortal. El personaje, un privilegiado reniega de las masas, pues su presencia disminuye el valor de su ocio, porque saturan los centros de diversión y su mezquindad obliga a redefinir el servicio ofrecido. Esta misma postura fue defendida por Lord John Maynard Keynes y Ortega Gasset (pero en ambos casos desde el atril del ensayo científico). También comparte con el filósofo español, el repudio a las posiciones pacifistas sostenidas por una convicción infantil de la bondad humana [Por desgracia los acontecimientos ocurridos entre Canada y nuestros pesqueros en Abril del 1995, da la razón a Bermúdez y Gasset.]. Pág. 163.
Yo creo en la violencia (...) Es imposible razonar con un arma que te apunta. Se puede ser pacifista si los demás lo son, pero si tratan de hacernos daño, lo único que puede evitarlo es la violencia.

    Existen bastante incongruencias en el texto, algo sorprendente en la obra de Bermúdez, pero aun y así, resiste las comparaciones con cualquier autor mundial respecto a la verosimilitud de la sociedad diseñada. Autores que normalmente adoptan visiones infantiles a la hora de diseñar el trasfondo social. La primera incongruencia se encuentra en la definción del estado respecto al individuo, si por un lado coarta la libertad individual hasta extremo inauditos, citas páginas 123 y 136:
En cuanto a Imogene la Songeuse, mi semiesposa... Bueno, yo la había elegido en cuanto la conocí en una de las veladas de relación obligatoria (me refiero a las de carácter comunal del sector) ...".
 -No puedes dejar nada en herencia; esta prohibido.
    Por el otro, concede unas libertades individuales incoherentes, pág. 158:
   
Y todos comprando hijos cuando sus medios se lo permitían... ¡No podíamos prohibirlo!

Bermúdez ha manipulado el papel del estado a su conveniencia, perdiendo credibilidad. Normalmente las obras de nuestro autor están llenas de personajes marginales que viven al margen de la ley, sin embargo en esta ocasión no existe ningún tipo de delincuencia, pero al final de la obra aparecen unas redes de mafiosos narcotraficantes que simplemente son imposibles, pues si nadie las consume oficialmente, ni la marginalidad: ¿quién adquiere sus productos?
    El cuento está ambientado en un universo árabe o musulmán, pero sus ciudadanos son perfectos arios. Esta ambientación le permite introducir una sociedad hedonista de forma natural y conseguir descripciones evocadoras de los placeres que sus personajes disfrutan, como por ejemplo las sesiones de sexo virtual interactivo. Pero no es esta la única referencia al mundo informático, si no que todo el cuento está plagado de terminos y conceptos de esta ciencia, pero huyendo de la parafernalia pseudo-informatica del cyberpunk.


Mundo sin dioses

La construcción (o reconstrucción) de la civilización ha sido y será un tema fundamental de la C.F. Si los ingleses son maestros del catastrofismo, la reconstrucción del mundo es más internacional. Existen cientos de libros, sobre esta temática, pero no dejaré de citar como precedente El mecanoscrit del segon origen del catalán Manuel de Pedrolo. La excelente novela corta que nos ocupa es una visión muy personal del autor. Sin embargo la forma que adopta esta construcción de la modernidad se asemeja más a lo aportado por Mark Twain en Un jankee en la corte del rey Arturo que a los antecedentes más recientes. Sin embargo, este tipo de aproximación ya lo abordó Bermúdez en su El señor de la rueda.
    La constante contraposición de dos sociedades; vuelve a estar presente. En esta ociasión el mundo infradesarrollado se situa en la edad media europea, existiendo varios reinos que capturan las esencias de los pueblos árabes y africanos.
    El desarrollo se realiza por la mano de unos misioneros llegados del espacio. Si bien la descripción exacta de cómo se consige pasar de una sociedad feudal a una industrial, está ampliamente descrito en la obra. No puede por menos que caer en infinitas contradicciones y sin sentidos. Pero este detalle es perdonable, no sólo porque todas las novelas de esta temática incurren en los mismos, sino por su imposibilidad [Existe una disciplina de la Economía que estudio los problemas del desarrollo. Sin embargo sus teorías y recetas no han permitido desarrollar a los países pobres de la Tierra, y no necesariamente por falta de ayuda de los países ricos.]. Sin embargo este tipo de problemas es presente en la obra, pág 218:
-¿Cómo puedo construir lo que llamáis un motor sin un torno para hacer las piezas? Y, ¿cómo puede manejar un torno tan poderoso como decís, si no tengo el motor para moverlo? No me negaréis que es terrible cosa que haya que hacer lo uno para hacer el otro, y que lo otro no se pueda hacer sin tener lo uno ¡A brujería suena todo ello!
    Además, la descripción del proceso de desarrollo desde los ojos de un niño amnésico (así durante novela madura y se encoentra a sí mismo) permite dar al cuento un carácter maravilloso, hacia la obra y propios misioneros. Luego saldrán los intereses ocultos que permite dar materia de reflexión al lector, pero Bermúdez lo tiene claro, el desarrollo económico debe realizarse, aunque eso conlleve la degradación del medio. Y como en La fundación de Asimov, evitar la Edad Media es mejor que sufrirla.
    La obra no deja de rezumar una crítica implicita a la colonización española de América, pero quizás le faltó valor para desarrollarla aún más. También hubiese sido una oportunidad única de criticar la política de ayuda a la cooperación del F.M.I. y UNESCO, que hacen las veces de policía malo y bueno.
    Tampoco pueden dejarse de reseñar las semejanzas con el plan de los quinientos días de los ultraliberales ex-soviéticos, para liberalizar la economía planificada soviética a una capitalista, como para ser casual.
    Es un cuento crítico de nuestro modelo económico, capitalista y consumista que nos lleva a un estadio irracional que hace peligrar su viabilidad a medio plazo. Pero a su vez introduce un posible debate, ¿Debemos ahorrarle a las sociedades subdesarrolladas, el costoso proceso de desarrollo, que conlleva sufrimientos (y explotación del grupo social de los no privilegiados), al costo de sumergirlos en una sociedad dependiente y desequilibrada ecológicamente?
    En resumen, el cuento es un bonito intento de desarrollar un país, pero sin fundamento económico. El desarrollo no solo es tecnológico, también requiere una evolución en las relaciones de propiedad y trabajo. No se sale del feudalismo sólo con tecnología, el auge de la burgesía en detrimento de la nobleza juega un papel importante, que en el texto no se produce [Japón consiguió un desarrollo económico sin comparación en Occidente, sin transformar su estructura social. Sin embargo, los señores feudales japoneses evolucionaron en el proceso, ocupando el lugar de la inexistente burgesía.].


Francisco M. Mancera Junio de 1998
Reseña publicada en el nº 13 del efanzine Ad Astra

miércoles, 8 de junio de 2016

GLENN comentado por Bermúdez Castillo

Esta entrada cuenta con un colaborardor muy especial, y además, muy querido por esta Casa Deshabitada. Se trata nada menos que de Gabriel Bermúdez Castillo, uno de los padres de la Ciencia Ficción española y autor de dos de sus clásicos más editados y celebrados: "El señor de la rueda" y "Viaje a un planeta Wu-Wei". En la entrada nos habla de "Glenn", de la impresión obtenida tras la lectura. Os dejo, pues, con sus palabras.


“GLENN” de Alejandro Castroguer,
texto firmado por Gabriel Bermúdez Castillo


Gabriel Bermúdez Castillo
Al comentar la impactante novela de Alejandro Castroguer sobre la vida del excepcional y torturado pianista canadiense Glenn Herbert Gould, no voy a extenderme desde luego, sobre la exactitud o no exactitud de los datos sobre la vida del artista. Por sus conocimientos musicales, considero a mi colega Alejandro suficientemente dotado como para tomar tanto de la realidad como de la fantasía, así como de las conveniencias literarias, aquello que considere suficiente.

¿Me encuentro yo en condiciones de juzgar las actividades musicales del protagonista de la novela, o más que novela, biografía? Entiendo que sí, hasta cierto punto. No solo he sido un gran aficionado a la música llamada clásica desde hace muchísimos años, sino que también, cuando estaba estudiando, comencé a aprender solfeo y piano en los ratos en que la facultad de Derecho me dejaba libre. No pude hacer mucho, pues sólo conseguí aprobar un año de cada una de esas dos disciplinas. Pero mejor es eso que nada.

Lo cierto es que entre mis conocimientos musicales no se hallan precisamente las “Variaciones Goldberg”, de Juan Sebastian Bach, que constituyen dos hitos importantes en la sufrida carrera del artista canadiense, y que, según revela el novelista en su comentario final, se hallan conectadas misteriosa y artísticamente con la división en capítulos (¿o variaciones?) en que se descompone la biografía.

Por tanto, me voy a limitar a enjuiciar, desde un punto de vista técnico, como novelista, la exposición que Alejandro Castroguer hace la vida de Glenn Gould, prescindiendo completamente de que el lector posea conocimientos musicales o no, y que sepa o ignore la existencia de este genio del piano. 


La obra, tal como el autor la desarrolla resulta, como la he calificado al principio, impactante. Alejandro Castroguer alterna en los sucesivos capítulos el presente histórico, en tercera persona, en que el escritor se refiere de esa forma al protagonista de la biografía, o de sus circunstancias, con otros en los que Glenn habla de sí mismo, en primera persona y en pretérito indefinido, lo cual es una forma novelística  mucho más difundida que la primera.

En efecto, el presente histórico, si se mantiene durante toda una obra, resulta difícil de captar y pesado para leer. Es muy corriente que muchos autores, entre ellos el que suscribe, lo utilicen con cuentagotas, con objeto de dar un mayor impacto, una mayor fuerza a alguna escena determinada.

Pero la forma en que el novelista utiliza esa alternancia está tan bien realizada, tan estudiada (ignoro si los diversos capítulos están relacionados por el sistema expositivo o por el contenido, con las repetidas “Variaciones Goldberg”) que en ningún momento el presente histórico resulta pesado. Antes bien, al contrario. Con singular maestría, el autor nos va llevando poco, a poco, con un orden que al principio parece aleatorio, ya que no sigue una sucesión histórica por fechas consecutivas, pero que realmente no lo es, tal y como al final el comentario con que se cierra la biografía nos hace comprender.

La obra es intensa, penetrante. Poco a poco vamos comprendiendo a esa persona tan difícil que era Glenn Gould. Inteligente, solitario, maniático, se nos expone sus situaciones familiares, su educación musical, sus éxitos, sus fracasos, sus rarezas y su ansia de soledad. Algún comentarista  ha achacado al personaje ser víctima de un síndrome de Asperger, pero no puedo estar de acuerdo en ello. Glenn Gould era, sencillamente, un personaje al que le gustaba la soledad, y que sólo por necesidad admitía el trato social con el resto del mundo. Indirectamente, y de una forma muy discreta, Castroguer revela que el artista mantenía de vez en cuando, y no raramente, relaciones intimas con damas de diversas características, de la misma manera con que congeniaba de manera natural con algunas personas (Bernstein, por ejemplo). No tenía deformidades físicas, no estaba obsesionado por nada (no es obsesión, en un pianista  como él, estar encandilado por los pianos o la música) y no coleccionaba objetos absurdos. No cabe oponer a esto que se retirase silenciosamente de los escenarios llegado determinado momento, ya que el autor demuestra cumplidamente que debía hallarse agotado.
 
Pero Alejandro Castroguer nos arrastra con sus intensas descripciones de la vida de Glenn Gould, de su forma de actuar, de sus sufrimientos íntimos. Nos expone quien era con tal pasión, con tal fuerza expresiva, que no puede por menos de subyugar al lector, el cual a medida que profundiza en la obra se ve cada vez más interesado en el dolorido protagonista, por los acontecimientos que le rodean y por todos sus problemas, económicos, artísticos, técnicos y familiares.

Si la obra de Castroguer se contempla como biografía es sin duda una exposición real y viva de la vida de un artista; si se hace considerándola como una novela, es una obra fuera de serie, extraordinariamente bien escrita, con las palabras justas y adecuadas para describir cada situación, cada estado de ánimo, cada problema de los que acosan al pianista canadiense. Éste, como un ser vivo, surge, emana, de las páginas de la obra y se alza ante el lector como un ente real, existente, de carne y de sangre, de muchas penas y escasos ratos felices. No podemos por menos, al ir pasando una página tras otra, que sentirnos dominados por la potente atracción de lo que Castroguer ha escrito, con un estilo personal y único, hasta llegar a las últimas y  entristecedoras escenas. Casi no es un libro lo que tenéis entre las manos, sino un ser viviente más, derramando humanidad por todas partes.

La obra merece, sin lugar a dudas, el Premio Jaén de Novela que se le ha concedido. Para leerla no hace falta ser aficionado a la música clásica, ni siquiera saber algo de ella. Basta con ser un ser humano, capaz de comprender la vida de los demás. Leedla; no os arrepentiréis.



Cartagena, 7 de junio del 2016

domingo, 29 de mayo de 2016

Salud mortal, de Bermúdez Castillo



Hoy me complace anunciar la colaboración de un nombre con peso específico en el fandom de la ciencia ficcón, PacoMan. Será él quien firme dos reseñas de sendas obras de Bermúdez Castillo. Contacté con él vía Facebook a tal fin, para que me permitiese subirlas al blog y así ir completando, poco a poco, los artículos acerca de la práctica totalidad de las obras publicadas por el maestro de "Mano de Galaxia". 
Que sea, pues, nuestro improvisado colaborador quien se explique. 

Entradilla a las reseñas de dos libros de Gabriel Bermúdez Castillo, por PacoMan:

 Estas dos reseñas corresponden con las dos únicas obras publicadas en los noventas por el autor gracias al editor Paco Arrellano en la Editorial Miraguano. Hablo de la novela "Salud Mortal" (1993) y de la antología "Instantes Estelares" (1994). Bermúdez estaba muy bien considerado por el fandom del momento, incluso se dejó ver por la Hispacon de Burjasot de 1994. En el primer lustro de los noventas existían gran cantidad de sus obras disponibles en las librerías o bien porque se editaron o se reeditaron en el segundo lustro de los ochenta. Así novelas nuevas como "Golconda" (1987, Acervo), "El hombre estrella" (1988, Ultramar) y las dos obras reditadas en 1986 por Orbis en su imprescindible colección en rustica azul, Biblioteca de Ciencia Ficción: "Viaje a un planeta Wu-Wei" (1976) y "El Señor de la Rueda" (1978). 
El maestro no volvió a ser editado (ni reeditado) hasta 2001, cuando Juanjo Aroz en su longeva y constante Espiral Ciencia Ficción, le publicó "Demonios en el cielo". Me aventuraría a afirmar que los primeros noventas fueron el momento de mayor fama del Maestro, salvando el reciente resurgimiento de la mano, de nuevo, de Paco Arrellano en La Biblioteca del Laberinto, pero eso es otra historia que merece ser contada en otro momento.
En Octubre de 1994 se publica la reseña sobre "Salud mortal" en el fanzine Cygnus en su volumen noveno, faneditado por Ricardo Oyón (ganador del Domingo Santos de 1994). En Junio de 1998 se publica la reseña sobre "Instantes Estelares" en el número 13 del efanzine Ad Astra. Los efanzines se distribuían por correo postal en un diskette de tres y medio… aún quedaba lejos internet. Ad Astra lo editaba mi amigo Armando Boix; escritor, ilustrador y gran conocedor de la cultura popular.
A finales de los noventas pretendía realizar un ensayo sobre la obra de Bermúdez, pero la desidia y una tesis doctoral en Teoría Económica (Macroeconomía con Teoría de Juegos) que nunca llegó a buen puerto, me lo impidieron. Esto última explica el excesivo economicismo de la reseña que espero sepan perdonar.


- - - - - 

Vayamos ahora con la reseña que en su día escribiese PacoMan sobre "Salud mortal".

- - - - - 


Título: Salud mortal  
Autor: Gabriel Bermúdez Castillo
Año: 1993  
Páginas: 270
Editorial: Miraguano Ediciones

Texto de contraportada: A lo largo del tiempo se han ido sucediendo en el mundo los sistemas de gobierno más diversos: desde la tiranía ejercida por un reyezuelo local, pasando por la aristocracia de la fuerza o el dinero, la oligarquía o la monarquía, hasta llegar a las más variadas formas de democracia. Pero cuando las circunstancias mundiales hicieron que la salud llegase a ser el bien más preciado, una sola forma de gobierno se impuso: la poliarquía ejercida por la clase médica. En la España del siglo XXI, los anteriores sistemas de gobierno han sido sustituidos por una oligarquía médica, en la que sólo los titulados en Medicina y Cirugía pueden acceder al poder y ocupar los puestos más altos. Pero esta "revolución de la salud" tiene su oponente: las BAE (Brigadas Antimédicas Españolas) que constituyen una contrarrevolución violenta y despiadada.


Esta novela es ciencia-ficción (C-F) española, pero española de verdad. La españolidad de una obra no se consigue dándole nombres hispanos a los personajes, ni situándola en algún lugar del territorio ibérico. La españolidad se alcanza por el contenido netamente hispano de la novela. Bermúdez gran creador de mundos, sitúa su narración en una España post-cataclismo mundial (¡Ojo! cataclismo post-"caída muro de Berlín"), gobernada por una oligarquía médica sustentada en el derecho divino (o sea, en la Iglesia católica apostólica romana), en el poder gremial médico y en el haber sabido aprovechar un momento histórico.

El contexto sociológico-político del relato se aleja un poco del esquema más o menos tradicional de Bermúdez: sociedad avanzada tecnológicamente, organizada jerárquicamente (Imperios) y con comportamiento económico colonialista, en contraposición a una sociedad aislada (con aislamiento natural o artificial), con una organización social sorprendente y muchas veces utópica, donde el autor puede desarrollar a sus anchas el tema que le interesa. En "Salud Mortal", sólo existe la sociedad española en un futuro cuasi-inmediato (eso sí, España está aislada). Esto le permite hacer un ejercicio personal de proyección temporal de nuestros problemas actuales y futuros: problemas ecológicos, escasez de energía barata, de alimentos naturales, de viviendas y paradójicamente de salud. Esta proximidad en el tiempo le deja expresar su propia visión sobre la evolución del arte, de la banca y como no, de la medicina.

La dictadura médica es el armazón que sustenta la trama de la novela, lo que permite hacer una reflexión sobre la indefensión de los pacientes frente al poder médico y sus consecuencias. En la estructura social e institucional de la dictadura se encuentra la españolidad de la obra. El modelo original real sobre el que se basa es la dictadura franquista de la década de los cuarenta y principios de los cincuenta, donde los militares son sustituidos por los médicos. Cabe recordar que el periodo histórico español está dominado por una doble realidad: la oficial y la "consentida". En la oficial se encuentra el racionamiento de alimentos, servicios, viviendas, combustible y posibilidad de emigrar, de estricto control religioso y una absoluta indefensión frente a los poderosos; mientras que la "consentida" es una sociedad corrupta que se nutre del estraperlo, egocéntrica y ambiciosa. El autor introduce innovaciones y nuevas situaciones que puedan reintroducir en la sociedad descrita en el libro los mismos esquemas que en el franquismo: toque de queda, aislamiento internacional, grupos terroristas, etc. La sustitución de los militares por los médicos introduce un elemento contradictorio con la génesis y persistencia del régimen político, pero el autor dedica poco tiempo a resolver este conflicto. La estructuración de la sociedad española futura es uno de los ejemplos más interesantes de creación de contexto político-social más creíble de la actual C-F; pero para mi desgracia personal, Bermúdez no desarrolla completamente el escenario social, las relaciones productivas y los posibles conflictos entre los grupos de poder; en cambio profundiza en el primer y más obvio conflicto planteado: las relaciones médico paciente que hacen buena nuestra actual Seguridad Social.

El relato también intenta una reflexión sobre la legitimación del poder y enumera dos de las tres fuentes: la revolución-carismática (aunque sólo considera revueltas palaciegas, dejando de lado las revoluciones populares) y la basada en la legalidad (sistemas democráticos). El autor margina la primera de las fuentes de poder: la tradición (ejemplo son las monarquías, todas ellas por gracia de Dios y de un buen ejercicio de violencia que eliminase a otros candidatos). Se apunta el efecto corruptor del poder sobre el líder que lo ejerce y como la lucha contra un régimen conlleva, a veces, la copia de ciertas actitudes de éste.

Los personajes de Bermúdez, principalmente masculinos, crecen y maduran en sus novelas e inevitablemente deparan una sorpresa final. La utilización de una sorpresa final que redefine la obra es un mecanismo clásico en la literatura de C-F (también en la policíaca, de hecho esta novela en su parte final tiene elementos de este género) y se cultiva generalmente en el relato corto, siendo ésta la forma narrativa "natural" de la C-F (bueno... así lo veo yo). Bermúdez usa este recurso literario magistralmente en sus relatos cortos y novelas largas.

"Salud Mortal" no es una novela hard (tradicionalmente son descripciones minuciosas de la base científico-técnica que sustenta los artilugios que aparecen en el texto, mientras que el fondo argumental analiza un tema trascendente), tampoco es new wave ni es cyberpunk, sino simple y llanamente buena C-F que aborda especulativamente un miedo del autor, la desprotección del paciente frente a su médico en un contexto futuro verosímil. Esto es Ciencia-Ficción sin adjetivos, donde sin descuidar los aspectos técnicos (en esto Bermúdez es ejemplar) la ciencia se reemplaza por verosimilitud política, sociológica y económica (algunos lo denominan ciencias sociales, aunque personalmente lo considero un término desafortunado), aspectos que la C-F clásica en el mejor de los casos desprecia (excepción notable, Frederik Pohl).

Otra de las interesantes aportaciones de "Salud Mortal" es la forma en que el autor transmite al lector el contexto socio-político, para evitar los tradicionales monólogos-palizas de los clásicos de la C-F en sus descripciones técnicas (Verne, Wells, Asimov, Clark ...). Lo hace introduciendo una novedad (Torres Quesada la usa en su primera entrega de las "Islas del Infierno" y también Frederik Pohl en "Pórtico"): la información se facilita mediante comunicados de los terroristas y por una conferencia académica de uno de los personajes. Esto libera a los personajes de diálogos forzados y al narrador de cortar la acción. El corte explicativo se produce sistemáticamente al final de cada capítulo, lo que permite una rápida asimilación y diferenciar la acción de la descripción del contexto.

El argumento de la novela... bueno si todavía no te has convencido de la necesidad de leer esta brillante novela y necesitas un breve resumen del argumento... pregúntale a algún conocido que la haya leído o léete la referencia de Julián Díez en Cyber fantasy nº 3. Si todavía necesitas más, léete el epílogo del propio autor en el número 4 de la misma revista.



Francisco M. Mancera Julio 1994
Reseña revisada para Cygnus