Blog personal de Alejandro Castroguer

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viernes, 24 de abril de 2015

Morir es relativo, de Cruz Acillona y Barquero


Título: Morir es relativo

Autores: Eduardo Cruz Acillona y Miguel Baquero

Páginas: 115
Año: 2015
Editorial: Cazador de Ratas

Sinopsis: Miranda del Campo es un pueblo catalogado como “municipio muy conflictivo”. Además de su alto índice de criminalidad, en él suceden continuos fenómenos extraños, misteriosos, casi paranormales a los que la población, no obstante, ya lleva tiempo acostumbrada.

Allí llega el nuevo comisario, Julio Ballesta, dispuesto a adornar su hoja de servicio con los méritos suficientes que le permitan aspirar a dirigir alguna de las grandes comisarías del sur y cumplir su sueño: liarse a tiros contra las mafias de medio mundo.

Lo primero que se encuentra en su nuevo despacho es una caja que contiene gran cantidad de informes de casos que nunca pudieron ser resueltos. Él cree que esa caja será la llave que le abra las puertas de su ansiado destino. Pero, como ya les sucedió a los comisarios que le precedieron en el cargo, es más que posible que se equivoque…

El Habitante Incierto posa con el libro

Recientemente editada por Cazador de Ratas en su Colección Capote, “Morir es relativo” se abre con un capítulo a modo de prólogo, el número uno, y acaba con una suerte de epílogo, el último capítulo. Y aunque parece una obviedad, no lo es tanto, pues la estructura adoptada por los autores es precisamente ésa, una introducción con que presentarnos a los personajes principales y una conclusión donde contarnos cómo acaba cada uno de ellos tras que hayan transcurrido los diez casos, a cual más estrambótico, que median entre una y otra. Estos casos son el verdadero eje de la obra y responden a estos nombres: “Un tipo realmente agradable”, “El maquinista aplastado”, “Un cadáver sin prisas”, “Un cuñado reincidente”, “Asesinato en la Catedral”, “Todo está en los libros”, “El asesino del sobre”, “Tanto monta, monta tanto”, “Asesinato en la montonera” y “Un serial killer mirandeño”. Una estructura tan sencilla como efectiva.


Si en “Cuñados anónimos” Cruz Acillona y Baquero se propusieron dinamitar con exceso de mala baba el género del terror psicológico, aquí han querido hacer el mismo ejercicio con el género policíaco. En palabras de Cruz Acillona para El Correo de Andalucía: “Imagínate que la novela Diez negritos, en vez de un caserón, tiene lugar en el pueblo de Amanece que no es poco.” Una mascarada que, no obstante, tiene mucho de crítica social. De inoperancia. De envidias. De delirios. De compromisos rotos. Hay momentos verdaderamente hilarantes: qué decir de la muerte en la montonera de jugadores de fútbol, del bingo de muertos, de la investigación en la catedral…



Así comienza la novela: Como un contratista en el despacho de un concejal de urbanismo. Así irrumpió Julio Ballesta en la sede central —y única— de la Policía Nacional en Miranda del Campo. En la entrada, el ordenanza de recepción, Casimiro —mal nombre, todo hay que decirlo, para quien tiene por misión estar pendiente de quién entra y quién sale—, funcionario dependiente del Ministerio del Interior, desaprovechó la oportunidad de quedarse callado cuando le vio aparecer y, acto seguido, tomar el camino del pasillo que daba a las distintas comandancias. Casimiro entonces le alzó la voz: «¡Eh, oiga, usted! ¿Dónde cree que va?».

Ballesta, recién destinado a aquella comisaría, se miró el pecho y, elevando despacio su mirada hacia aquel sujeto con cara de becario sin novia, dijo:

—A la izquierda llevo mi pistola reglamentaria. A la derecha, la designación oficial que me nombra Comisario Jefe de esta dependencia. ¿Qué prefiere que le enseñe antes, como se llame?...



La obra permitirá al lector conocer la geografía del Miranda del Campo, escenario de todas y cada una de las desopilantes aventuras recopiladas por Cruz Acillona y Baquero. La Avenida del Ferrocarril. La catedral churrigueresca. El estadio de fútbol Winston Churchill y el equipo que juega en él, el Misil Mirandeño, todo un tercera división perenne. El río Benaya, donde los estudiantes arrojaban los apuntes al finalizar el curso antes de las rabietas ecologistas. El pub de alterne Momentos. La empresa de productos cárnicos Productos Pérez y la fábrica de papelería de los Hermanos Berti, emplazadas en el polígono industrial. La biblioteca que lleva más de tres años cerrada. El bingo. Y la comisaría, cómo no, donde Julio Ballesta, el nuevo comisario, trata de resolver los casos más extravagantes con la ayuda de Aurelio Sánchez, el narrador y su ayudante. Un pueblo acostumbrado, por demás, a los más extraños sucesos: repentinas granizadas en mitad de agosto, aparición de naranjas en árboles que distan mucho de ser naranjos, farolas que parpadean como si fuesen semáforos…



Amén de dibujar a Miranda, los autores se centran en la pareja de policías, el comisario Ballesta y su ayudante Sánchez. El primero viene a sustituir al anterior comisario, Carlos Clot (que ha acabado sus días en Marina D’Or, que dista mucho de ser un destino turístico), que sustituyó a su vez al comisario Espantoso. Hambriento de prestigio y de conseguir un destino mejor que le permita liarse a tiros con la mafia de medio mundo (tal es su sueño), Ballesta no duda en desempolvar una caja guardada en su despacho y que contiene, bajo el epígrafe ASRJ (Asesinatos Sin Resolver), los casos no resueltos que se han ido acumulando con los años. Y es en ese trasiego de sospechosos y deducciones imposibles donde el retrato de ambos policías se completa poco a poco.



Parece obvio mencionar el parentesco de la pareja Quijote y Sancho Panza cuando hablamos de Ballesta y Sánchez. Pero tampoco hemos de olvidar a Holmes y Watson, no tanto el detective y médico originales de Conan Doyle, como los apócrifos creados por Enrique Jardiel Poncela. Y es que Poncela hace gala de un humor absurdo que emparenta con el practicado, a bocajarro, por Cruz Acillona y Baquero. Señalar, además, que en el capítulo siete (“Todo está en los libros”) se hace referencia a novelas canónicas del género negro o policíaco, a saber de Carlos Salem, Pedro de Paz, Montero Glez y Ray Bradbury.



Una obra que se bebe en un suspiro, que te deja un agradable sabor de boca y una sonrisa dentífrica. Una novela menos inofensiva de lo que parece a primera vista.

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